Vivensial
- 6 dic 2016
- 16 Min. de lectura
Neurosis
Quisiera que la vida fuera un viaje
Fugaz y lleno de emociones raras,
Con un cambio constante del paisaje,
Con un cambio continuo de las caras.
Todo me cansa cuando ya perdura;
Todo me hastía cuando se estaciona;
Quisiera, cual la brisa, juguetona,
Vagar, siempre vagar, a la aventura.
Este fastidio de vivir humano,
este mirar eterno de las cosas
interminables , todo vacuo, vano,
no mitiga mis ansias misteriosas.
Por la insípida vida en que me hastio,
y por la monotonía del paisaje,
y de seres y cosas, cuando ansió
fuera fugaz mi vida como un viaje!
Armando Franco Rojo
AUTO RETRATO
Como un deja vu profético mi bisabuelo había anunciado el que había de ser mi destino, un constante ir y venir de un lugar a otro, hipnotizada por los procesos y abrumada por los finales.
A ciencia cierta desconozco quien soy y hacia dónde voy, lo mío es la inestabilidad, el límite constante entre contrarios que me lleva a no pertenecer a ningún lugar del todo.
Recolecto a modo de obsesión fragmentos de mundo que voy atando a mi cola a manera de raíces, solo de este modo freno la inercia de mi espíritu y logro dormir al salir el sol.
Cuando me preguntan que se hacer, o para que soy buena un vacío cal come mi seguridad y me lleno de dudas. Soy una artista que dibuja sin saber tomar un lápiz, con líneas peludas y amor al proyector, una cantante de regadera que ahuyenta a los gatos con sus alaridos, una bailarina sin pies, una soñadora sobre un avión de plomo.
No sé hacer nada, pero eso nunca ha impedido que lo haga. Amo el pasado que me reinvento al repasar sus hojas desgastadas por el tiempo.
Orígenes de una pata salada con botas
El océano Pacífico es el mayor océano de la Tierra. Ocupa la tercera parte de su superficie y se extiende aproximadamente 15 000 km desde el mar de Bering limitando con el Ártico por el norte, hasta los márgenes congelados del mar de Ross y limitando por el sur con la Antártida. A lo largo de su vida vio a los primeros hombres cruzar por el estrecho de Bering, cientos de especies marinas emigrar por sus corrientes y algunos pata saladas asentarse en sus márgenes.
Para quienes les es ajeno el termino se les llama “pata salada” cariñosamente, a las personas nacidas en las costas del Pacifico, debido a la altísima salinidad de este cuerpo de agua.
Tendría unos tres años cuando me enamore del malecón y a partir de ese momento defendí mi origen pata salada, a pesar de no tener acentó y haber emigrado del hermoso Mazatlán al D.F. con apenas un mes de vida.
Me genera un gran estrés las palabras como Origen, “Fenómeno o hecho que es el principio, causa o motivo de otro fenómeno o hecho o de una cosa”. Como una búsqueda infinita de elementos sin los cuales no sería lo que es. Sin embargo, si tuviera que decir uno de las cosas que han originado quien soy y donde estoy parada en este momento en mi caso si es el lugar de procedencia.
¿Por qué es tan importante? Las familias de mi madre y de mi padre han sido siempre dos polos radicalmente opuestos en mi vida, los unos helénicos, los otros estoicos, unos brutalmente católicos, los otros apenas socialmente religiosos. Pero ambas familias procedentes en gran medida de Sinaloa, Mazatlán se convirtió en mi ancla, el ombligo con el que me uno al mundo.
Yo nací un el 30 de mayo de 1990 en el sanatorio Divina Providencia, a escasas cuadras de la casa de mis abuelos maternos en la Roosevelt. El médico que me trajo al mundo pronóstico sin el uso de ninguna herramienta, salvo la experiencia que sería cesaría, de no haber sido por su buen tino tal vez otra hubiese sido mi suerte, traía el cordón umbilical dando dos vueltas al cuello y la placenta pegada. Mi nacimiento fue complicado y doloroso, tanto para mi madre como para mí, sin embargo apenas vi el mundo solté un gran grito y mis ojos bien abiertos pudieron ver a mi madre y ella a mí.
Más tarde en el cunero, papá me reconoció sin necesitar ayuda de ninguna enfermera o letrero, dijo: -¡Esa es mi hija! (señalando con su dedo mi cabeza, tras el cristal). A lo que mi Abuela (la madre de mi madre contesto) ¿Cómo crees que esa va a ser tu hija si ni tu ni la Maru son pelirrojos?
Y este sería el principio de uno de los grandes conflictos de mi vida, de ese momento en adelante sería un conflicto ser nombrada pelirroja, tanto o más que no serlo. Recuerdo, por dar un ejemplo al entrar al Kínder muchos de mis maestros y madres de mis compañeros me interrogaban sobre de quien había heredado aquel color, más tarde en la primaria las maestras regañaban a mi madre por pintarme el pelo (cosa que jamás hizo), además de los sobrenombres, la eterna clasificación y la gente pellizcándose al verme pasar por la calle, nada fue más difícil que ver como el rojo brillante se desvanecía haciéndose cada vez más castaño, y es que para algunos es cabello es sólo eso, pero cuando eso ha sido la manera en que te nombran , tu característica más atractiva y peculiar , es como si tu dibujante comenzara a borrarte a la mitad de la historieta.
En mi familia nuclear no existe ningún pelirrojo, tanto mi madre como mi pare son castaños más bien obscuros y de mis hermanas menores, la que me sigue es de cabello negro y rizado y la siguiente castaña ceniza y muy lacia, sin embargo en la familia de mi abuela paterna, a quien cariñosamente llamamos la Yiya si los hay, dos de sus hermanos (el chato y la güera) fueron pelirrojos, debido según ella a que el apellido Rojo, que lamentablemente ya no me toco recibir venia de Irlanda y se caracterizaban por este tono azabache a veces tirándole más al castaño que al rojo y otras a la inversa.
A lo largo de mi vida la yiya ha sido un personaje sumamente importante, simbolizando desde temprana edad la coexistencia del bien y el mal en un mismo ser humano. Y es que sin importar el tiempo, no puedo olvidar la manera en que al llegar la noche nos contaba cuentos, ni la dulzura de su voz al cantarnos canciones de cuna, mucho menos la forma en que sin importar la edad era capaz de transmitirte la fe a través de los recursos más extraordinarios. ¿Qué sería de mí sin las ocurrencias de mi abuela?
También es cierto que sus obsesiones plagaron mi fértil mentecilla mutando en monstruos, sin embargo para ser justos, ella misma jamás ha podido domarlos y es que la vida nos marca. La yiya fue la tercera hija del matrimonio de Armando Franco Aguilar y Rosaura Rojo Gómez, primos en segundo grado por parte de la tía Rosita, quienes se casaron y formaron familia, para aquellos tiempos ya muy grandes, tendría Armando 45 y Rosaura 35, para entonces.
Él era un ranchero oriundo de Zamora, Sinaloa del siglo XIX. Había estudiado hasta la primaria y hablaba varios idiomas, de carácter ligero, simpático y muy guapo (según las malas lenguas). A veces era poeta y escribía para el Noroeste (un periódico local). Su padre fue dueño de una gran hacienda pero durante la revolución le quitaron tres cuartas partes del terreno.
Ella, también originaria de Sinaloa, abrió los ojos en Guadalupe de los Reyes, cuarta hija (de los que se mencionan en la sobremesa, según se fueron más pero a los otros los fusilaron por cuatreros, es decir robar ganado) del doctor del mineral y de una familiar del dueño de las minas. A la edad de cinco años se mudan a Sierra de Mineral donde radican varios años, más tarde, por cosas de la vida se muda a Tepatitlán Jalisco.
Su padre Enedino “el médico brujo”, pierde todo porque en plena revolución tiene el tino de curar sin discriminar a gente de ambos bandos y al correrse la voz de que le quieren dar cuello, sale con toda su familia en burro con apenas lo elemental y pide a un vecino venda su casa, el consultorio y la botica y se lo mande. Tristemente después de venderlo la moneda se devalúa, pudiendo comprar con lo que recibe a penas una bicicleta para dar consultas a domicilio.
Rosaura y Armando se conocen en casa de la tía Rosita, en Sinaloa. Tendrían entonces unos 15 y 25 años, respectivamente y el queda prendido de ella, pero siendo más sabio por viejo que por diablo, le dice a su primo, el cual fue testigo de la escena: “Me gusta para casarme, pero ahorita si intento algo no me va a hacer caso, pero voy a esperar a que se haga vieja y este quedada, y entonces sí, me va a hacer caso…”
Veinte años después y ni uno menos, en plena guerra cristera estarían frente a un piano haciendo el papel de altar, jurándose matrimonio. El vestido escondido en el estuche de un violín y a penas la familia más cercana a todas prisas por el miedo a ser detenidos por el culto.
No era de extrañarse que Armando pensara que lo rechazaría de no esperar, era Rosaura una dama, para entonces la primera en estudiar para Química Fármaco Bióloga, sumamente refinada en modales y criada en un estilo de vida completamente distinto al de él.
Armando, de costumbres de rancho acostumbrado a las carnes asadas y los frijoles con sardinas, no era un personaje para nada ordinario, dueño de muchos negocios que al quebrar fueron vendidos y convertidos en grandes empresas, como es el caso de la embotelladora peñafiel.
Rosita, Eloisa y Emilia Berraza , primas entre sí, eran tías de Rosaura y Armando ; curiosamente también de manera más lejana tías bisabuelas de mis padres, quienes a razón de este vínculo sanguíneo descubierto decidieron llamarme Emilia.
Ya casados Armando y Rosaura vivieron en Sinaloa 8 años aproximadamente, antes de venirse a la Ciudad de México, tras recibir Armando un trabajo en Ferrocarriles de México por parte del General Rigoberto Aguilar, que años más tarde pierde y substituye por maestro de idiomas y literatura del politécnico, así como traductor de inglés, francés, alemán y español. Al perder el trabajo en ferrocarriles Rosaura comienza a trabajar como supervisora de farmacias.
En este ambiente de ambivalente creció mi abuela, con una situación económica modesta, pero no incomoda y una madre extremadamente perfeccionista y exigente, que decía cosas como: “yo soy de un mundo donde se saluda al llegar, se pide permiso , se pide favor, se da las gracias y cuando uno se va , se dice adiós” o “ A la Avi no se le dice que no”( Que utilizaba para hacer que sus nietos hicieran su voluntad) ; y un padre creativo e inquieto con frases célebres como: “En esta vida matraca tres cosas haz de ver, la gente que se trata, la raja que se saca y encontrar a quien joder”.
Mi yiya, de nombre Guadalupe Rosaura Franco Rojo Gómez, tras una infancia llena de aventuras en la huerta de la casa de Guadalajara en vacaciones y de costuras desechas una y otra vez por su madre, estudio para educadora y posteriormente rehabilitación lingüística, es decir terapista de lenguaje. Y si bien es cierto que ejerció pocos años, no fueron pocas las vidas que marco a su paso, tanto desde lo académico como dentro de la rehabilitación, donde fue pionera en México.
Conoció a mi abuelo a la edad de 26 años, él era un estudiante de derecho y ella ya trabajaba, su noviazgo fue breve apenas un año después se casaron, ella dejo de trabajar, porque así lo quiso mi abuelo bajo la condición de que no faltara nada.
Mi abuelo Ricardo, de apellidos Abarca Landero, fue un hombre polifacético, intenso, de carácter fuerte y gran corazón. Poco es lo que recuerdo de él pues murió sólo un año más tarde de mi nacimiento. Su despacho estaba en el departamento debajo de donde siempre he vivido, a mí me gustaba bajar y revolver las hojas de papel y las cosas cuando apenas gateaba. Una vez mientras yo estaba absorta en las maravillas de babear el suelo en el pasillo llego como un gran oso a asustarme, fue tal mi grito y los berridos que le siguieron, que nunca más trato de espantarme, por lo menos en vida.
Los padres de mi Abuelo fueron Zenaida Landero y Ricardo Abarca Díaz. Este último hijo de Alfredo Abarca, policía y Ollita, quien queda viuda y con dos hijos Alfredo, el mayor, que fue cantante de ópera y Ricardo abogado de la libre de derecho. Sus hijos después de ser vistos por su abuela paterna pidiendo limosnas por ociosidad, los interna en el Don Bosco toda la primaria y el liceo.
Al salir de ahí Ricardo Abarca Díaz entra a la Libre de derecho siendo estudiante fundador y con el promedio más alto en las siguientes 35 generaciones, siendo superado por su propio hijo, Ricardo Abarca Landero.
Ricardo A. Díaz, fue un hombre encantador, que murió, un año después de ser balseado y lo aventado del tren, siendo procurador de asuntos de guerra a finales de la segunda guerra mundial. Murió un 24 de diciembre, dejando viudas dos esposas y tres hijos.
Zenaida madre de mi abuelo había tenido con Ricardo cinco hijos, de los cuales tres habían muerto antes de los 2 años, Ignacio quien estaba muy enfermo, llego a los 5 años y mi abuelo Ricardo quien termino siendo una especie de hijo único el resto de su vida.
Al quedar viuda Zenaida sale a luz el otro matrimonió de Ricardo, con Raquel Loreto quien por cuestiones de papeles se lleva la mayor parte de los bienes, junto con su hijo Alfredo, dejando a Zenaida viuda, sin trabajo con dos hijos, uno muy enfermo y su suegra muy grande.
Menos mal, la abuela Zenaida contaba con las herramientas suficientes para salir adelante, ella había sido hija de Ana Ramirez e Ignacio Landero (inmigrante italiano) quien llego a trabajar en las minas de Veracruz. Zenaida nació en un lugar llamado las vigas a inicios de siglo XX.
Originalmente maestra de la hacienda, es traída por su tío Don Rafael Ramírez a la Ciudad de México para estudiar para maestra en la normal superior de maestros, donde es compañera de Rosaura Zapata. Zenaida es creadora de modelos educativos para maestros y hermana de militares de alta graduación fundadores de escuelas militares; Ignacio Landero Ramírez escuela médico militar y Javier Landero r, creador de la escuela superior de guerra, así como el Instituto de industria militar. La crio su tía que era la nodriza de niñas bien de jalapa y más tarde vivió en Coyoacán con su tío Rafael Ramírez Castañeda.
Llego a ser inspectora federal de normales de capacitación del magisterio y maestra de medio tiempo, logro hacerse de propiedades a través de la usura. Según dice mi padre era una mujer de personalidad muy fuerte, bastante atractiva y simpática, que cocinaba zanahorias con huevo y arroz verde. La recuerdo como la nona, que me regalo a rosita (una muñeca de cuerpo de trapo y cara y bracitos de plástico a la que le debo muchas horas de diversión).
Mi abuela en cambio mantiene una idea muy distinta de ella, pues jamás le gusto para su hijo, haciéndole la vida pesada en más de una ocasión. Zenaida era una mujer dominante con mi abuelo, al punto que llegada la edad forzó a su hijo a ser abogado porque así lo necesitaba, renunciando con esto a ser arquitecto.
Mi abuelo fue siempre un gran estudiante, brincando de colegios lasallistas al liceo y de la normal a la libre, se especializo en derecho notarial y tras trabajar en la secretaria de relaciones exteriores, lo mandaron a especializarse en derecho internacional, primero público y después privado. Además de Relaciones exteriores y atender asuntos en su despacho privado, fue maestro en diferentes instituciones.
Siempre me pareció curioso que ambas familias fueran de abogados y no sentir en el más mínimo sentido interés por las leyes, muy por el contrario buscar siempre la manera de salir por la tangente.
El padre de mi madre, otro abogado más de la familia, tuvo una vida en más de un sentido parecida a la de mi otro abuelo. Héctor Manuel Tortolero Padilla, hijo de Don Manuel Tortolero Palacios y Doña Rosario Padilla, A quien mi madre recuerda como mamá Chayito, nació en 1030 en Mazatlán, Sinaloa, quedando huérfano de padre a los 18 años. Su padre Manuel, había sido tenedor de libros, actualmente algo así como contador, nacido igualmente en Mazatlán Sinaloa , había llegado a ser presidente municipal, también había trabajado en ferrocarriles en Estados Unidos y junto con si esposa Rosario había sido parte de sesiones espiritistas, ya que ambos eran médium.
Doña Rosario Padilla Alduenda, era de ascendencia judía, maestra de profesión. Se había casado con Don Manuel siendo joven y el viudo con cinco hijos de su primer matrimonio. Se conocieron en un tren poco después de envidar él, juntos tuvieron dos hijos Emma y mi abuelo Héctor, el menor y más consentido por toda la familia.
Cuentan que estaba tan consentido de niño que a la hora del recreo le llevaban su comida calientita y recién hecha a la escuela. En parte por esto y la otra por cosa de carácter siempre fue un poco especial, brillante para la escuela y ágil de lengua. Estudio en la UNAM Derecho, Biblioteconomía y economía, fue juez de lo penal y más tarde se especializo como notario.
Se casó con mi abuela María Eugenia, siendo ella aún muy joven, tendría ella 18 años. Mi mamá nacería apenas un año después, fruto de esta unión.
Mi abuelo 13 años mayor que mi abuela era un hombre de costumbres, de contemplación y libros. Mi abuela mujer inquieta, amante del movimiento y la convivencia corriendo todo el día, hasta la fecha de la cama al baño, del baño a la cocina, del súper al salón, en una danza interminable.
Ella, llamada María Eugenia Damy Gonzales, nació en Mazatlán en 1944, estudiando comercio, que actualmente sería algo así como secretariado. Su padre, hijo póstumo y sietemesino, que alguna vez tuvo el tamaño para entrar perfecto en una caja de zapatos, había estudiado sólo hasta primaria y comenzado a trabajar desde los 11 años como vendedor. Fue socio de una papelería y luego la compro, hábil como era en las inversiones fue capaz de ir adquiriendo propiedades y llego a ser dueño de unos bungalós que formaban un pequeño hotel, así como de una imprenta, su nombre fue Eugenio Damy Barraza.
Eugenio, a quien su señora llamaba cariñosamente Euge, se casó con Doña Carmen Gonzales Topete, mujer fuerte y elegante, producto de una violación a manos de un propietario de una hacienda de Tequila Jalisco a su madre, quien para entonces tenía tan sólo 13 años. Doña Carmen fue criada por su abuela quien se la llevo, junto con su hermana a vivir a Mazatlán. Su abuela se ganaba la vida como sirvienta y ella aprendió el oficio. Más tarde, a los 20 años se casó con Eugenio al que amo profundamente. Debido a sus diferencias socio-económicas, la familia de él no la acepto muy bien en principio, aunque al pasar los años Doña Carmen se convirtió en toda una dama de sociedad, en gran medida por la ayuda que recibió de su vecina quien la instruyo.
Cuenta mi madre, que su abuela Carmen tenía unas ideas que hoy día podrían ser calificadas de retrogradas y machistas, a menudo le decía a mi madre que debía leer menos y arreglarse más, porque así jamás encontraría marido. Mi madre por puesto, jamás hizo caso de estas palabras pues amaba leer.
Ella, María Eugenia Tortolero Damy nació un 14 marzo de 1963 en Mazatlán, Sinaloa. Estudio dos años medicina en la Salle y dos más en la Ibero pero en sistemas. Conoció a mi padre en su casa, ya que ella era la mejor amiga de mi tía Carolina, la hermana menor de mi papá, con quien se casó en 1989.
Mi padre José Ignacio Abarca Franco, portador de los nombres de los hermanos muertos en la infancia de sus padres, nació el 9 agosto 1961, inquieto como sólo él brinco de carrera en carrera y de ocupación en ocupación. Comenzó estudiando Ingeniería biomédica y matemáticas en la UAM-I , seguida por Teología en la extinción de la complutense en el altillo, filosofía en extinción de la UNV , contabilidad bancaria en la UAM y comercial abierta, liturgia en la extension de complutense .
Trabajo con Sergio Vega produciendo perfumes cremas, después hizo negocio fabricando revistas pornográficas a partir de collages, luego armando micro computadoras y sistemas Apple , desarrollando sistemas y más tarde en las minas con Arturo en el manejo de explosivos, en la merced 2 años y abastos 1 vendiendo sistemas de cómputo y camiones. Coordinando Misiones salesianos, en la metropolitana haciendo sistemas, como encargado del laboratorio de pruebas robótica y junto con mi mamá pusieron un despacho de sistemas. Finalmente trabajo en Banrural 14 años hasta que dejo de existir y estuvo desempleado un tiempo, hasta que decidió estudiar para diacono a lo que actualmente se dedica.
A raíz que el comenzó a ejercer como Diacono yo comencé a alejarme más de la religión, aunque me considero una persona creyente y con una formación muy religiosa.
Fue durante los primeros años de mi vida que me detectaron TDA-H con dislexia, tendría unos 2 o 3 años, por lo que los siguientes cinco años, estaría en terapia por lo menos 2 días a la semana. Jamás me molesto tener que ir a terapia, encontraba divertidas las dinámicas y me sentía cómoda en un lugar donde era “normal”, pero eran muchas horas y cuando regresaba tenía que hacer tarea y dormir, dejándome sin muchas horas libres para jugar.
Recuerdo el día que el día que me dieron de alta una de las terapistas se hecho un gran discurso donde dijo: “Recuerda que esto no se quita, nunca serás completamente normal, vas a vivir con el resto de tu vida, pero ya tienes las herramientas para enfrentar la vida y si en algún momento necesitas regresar las puertas siempre estarán abiertas para ti”. Estas palabras me siguen constantemente resonando en la cabeza, sobre todo cuando todo sale mal.
En cuanto a la escuela no llevaba un gran promedio, sentada en alguna esquina, callada y pensativa. Me gustaba inventarme historias, a veces grababa a mis hermanas o muñecos para ilustrarlas, de todas ellas la que más recuerdo es la de Manchuresto. Una historia de ciencia ficción con la que estuve traumada años, dibujando personajes y escribiendo.
Uno de mis hobbies ha sido disfrazarme, de alguna manera la posibilidad de transformarme o disasociarme es algo que siempre encontré mágico y sigo llevando a la práctica de vez en cuando. Este vicio fue alimentado por mi padre quien me ayudaba a elaborar toda clase de vestuarios.
En la secundaria me cambiaron de escuela al “Colegio la Florida”, un teresiano en la colonia Nápoles, que originalmente era de puras niñas. Para mí fue un cambio muy grande y nunca me sentí muy cómoda, encontraba a la mayoría de mis compañeros demasiado fresas, el sistema era muy difícil para mí y continuamente me sentía frustrada. Pero de algún modo encontré en aquel lugar anomalías, personas increíbles que no parecían encajar tampoco, y cuyos intereses tenían más que ver con la fotografía, la arquitectura, la literatura…
Por otro lado durante esos años pertenecí a un grupo de la iglesia llamado “éxodo”, donde hice muchos amigos, viaje a otros estados y aprendí a acampar. Dentro de este tuve oportunidad de actuar un par de veces, y preparar actividades cosa que disfruto enormemente y me ayudó mucho en Misiones.
Luego en la prepa ingrese al CEDART “Frida Khalo”, al principio fue complicado no tenía coordinación ni condición o ritmo, pero el reto lo hizo interesante y para el segundo semestre ya era un pez bajo el agua, al momento de elegir área fue muy complicado porque quería artes plásticas pero me encantaba teatro, finalmente opte por la segunda a pesar del pánico escénico y no me arrepiento. Estar en teatro me ayudo a sentirme más segura, a en algún momento entender algo de lenguaje corporal y verbal. Para mí la materia más importante fue dirección, donde desarrolle mi primer guion ya con acotaciones de vestuario, luces, voz, escenografía, efectos etc... El cual resulto ser mucho más cercano al lenguaje del cine que al del teatro.
Una vez que salí de CEDART no estaba muy segura de que quería hacer de mi vida, me interesaba estudiar Artes Plásticas, pero también me gustaba la idea de Gastronomía o Turismo quería algo que me permitiera viajar, pero me gustaba la investigación humanista pensé en Psicología, Sociología y tenía un interés especial por el pasado al final encontré que mucho de lo que buscaba lo tenía Arqueología y aplique para la ENAH.
Mi estancia en la ENAH de 4 años y medio estuvo llena de altibajos, me enamore de las posibilidad de ser un detective con pocas pistas, me pareció increíble la complejidad de los contextos, las lecturas a tantos niveles de un objeto, pero al mismo tiempo me sentí atrapada en un lugar donde el exceso de creatividad sin suficientes citas podría ser acusado de ser literatura y en búsqueda de espacios de expresión más libres de la carga científica ingrese a la esmeralda.
¿Cómo se relaciona mi vida con el proyecto?
Creo que desde muy joven tuve un interés especial por poder contar historias, el juego entre la realidad y la ficción, así como la verdad y la veracidad han estado presentes en mayor o menor medida siempre.
Tengo una fuerte tendencia a la narrativa que bien podría venir de los cuentos de mi abuela o de las estructuras del teatro o de la historia misma.
Por otro lado a pesar de estar interesada en la historia, jamás me han interesado los grandes temas como la política, la economía o la religión, sino los procesos sociales vistos más desde la microhistoria italiana, el personaje anónimo, los lugares comunes, la periferia, lo anecdótico que es desde donde para mi gusto se genera la verdadera esencia del ser humano.






















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